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«La escultura es una forma de interrogación personal»

GUILLERMO HERNÁNDEZ

Dice que cuando realiza el retrato de alguien nunca se plantea la edad en la que lo debe representar. Algo así ocurre cuando uno se encuentra con este escultor autodidacta que una vez abandonó los estudios de filosofía en aras de una «pura necesidad de expresión personal»; sólo sus palabras muestran los cincuenta y cuatro años que hay detrás de él. En su periplo ha logrado que entren en nuestras vidas los gordos más famosos de Galicia. Cuerpos de sexualidad ambigua donde los atributos femeninos aparecen unidos a unas estructuras masculinas en las que no se economizan ni el tamaño de los músculos ni la expansión del tejido adiposo. Una forma de hacer que ha hecho de sus imágenes iconos de nuestro paisaje urbano.

-En su obra, el tema de la soledad es una constante... Una vez dijo que el ser humano se junta por el interés.

-Esa es una reflexión típica de alguien que vive en nuestra sociedad, donde la idea del individuo aislado está muy marcada. Quizás en otros grupos sociales, como los tribales, en los que el individuo se percibe como parte de la colectividad, no sea válida esta percepción. Pero, en nosotros sí. Tú te unes a alguien para algo, pero si los intereses del otro o los tuyos cambian es muy difícil de mantener la unión en sentido profundo.

-Otro tema que aparece muy representado es el del poder, tanto en su faceta de dominación como de protección, en sus paternidades.

-El poder invade toda nuestra actividad. Es algo inherente a la condición humana. Yo creo que es típico de los seres sociales; y es muy difícil encontrar en el reino animal seres totalmente autónomos. Y siempre tiende a ejercerse de manera despótica, aunque se haga de una forma muy edulcorada. Por otro lado, el poder, para ejercerlo, establece una

determinada ideología. Por eso mantengo, filosóficamente hablando, una postura cínica frente a ellas ya que todas me parecen circunstanciales. Respecto a las paternidades, creo que es más una actividad de perpetuación y de protección de ese nuevo brote. Es, probablemente, uno de los cariños más puros que pueden haber. Un tipo de simbiosis que carece de las connotaciones de dureza descarnada que tiene entre los adultos.

-Hablando del poder y observando su obra pública, parece que usted ha sido bien tratado por las autoridades.

-Yo no tengo esa visión. Es cierto que llevo realizadas unas cuantas obras públicas, pero, en total no superan las diez, y en treinta años no me parecen tantas. ¿Cuál es la razón? En A Coruña alguien propuso colocar una obra mía y surgió la sensación de que ya tenía dos o tres. Entonces, dije que había gente que tenía ocho o nueve en la ciudad y me dijeron: «Sí, pero es que no se notan». Y eso es algo que me ocurre en general. ¿Por qué las otras no se notan y las mías sí? Yo creo que la clave está en la expresividad. Son obras con mucha fuerza, que se quedan muy grabadas. Y por otro lado, tienen un radio de influencia muy grande, cualquier que pongas cerca no se ve.

-¿A qué se le puede llamar escultura hoy en día?

-Si hubiera que dar una definición que abarcase todas las múltiples tendencias habría que hablar de cualquier objeto tridimensional, y a veces ni tan siquiera tridimensional, al que se le dote de un cierto sentido. De forma más personal, para mí la escultura es una forma de interrogación personal, algo que te permite estudiarte de alguna manera. Y, esto, realizado con profundidad adquiere un valor social, ya que a través de ella reflejas no sólo tu vida, sino tu época y los valores de la sociedad en la que vives. Entonces es cuando esa obra llega a ser una obra ¡cónica.

 

Ramon Conde

48 I LA VOZ DE GALICIA. MODA GALLEGA . OTOÑO-INVIERNO 2005

 

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